Presidente Henry B. Eyring Primer Consejero de la Primera Presidencia
Uno de los propósitos de la vida
terrenal es probarle a Dios que guardaremos Sus mandamientos cuando
el hacerlo exija valentía. Esa prueba ya la superamos en el
mundo de los espíritus, pero una tercera parte de las
huestes del cielo se rebeló ante la propuesta de que se los
pusiera a prueba en una existencia terrenal en la que cabría
el riesgo de que fracasaran.
Antes de nacer conocíamos de
forma personal a Dios el Padre y a Su Hijo Jesucristo.
Podíamos verlos y escucharlos cuando nos enseñaban y
alentaban, pero ahora un velo cubre nuestras mentes y nuestros
recuerdos. Satanás, el padre de las mentiras, tiene cierta
ventaja porque a nosotros se nos hace necesario ver la realidad de
quiénes somos mediante los ojos de la fe, a la vez que
nuestros cuerpos hacen que estemos sujetos a la tentación de
la carne y a la debilidad física.
En esta vida contamos con grandes
ayudas para darnos valentía; la más grande de
éstas es la expiación de Jesucristo. Gracias a lo que
Él hizo, las aguas del bautismo pueden limpiarnos del
pecado, bendición que podemos renovar cada vez que tomamos
la Santa Cena con fe y con un corazón arrepentido.
Los dones espirituales presentan otra
ayuda. Al nacer recibimos el Espíritu de Cristo, que nos da
el poder de saber si una determinada elección nos puede
llevar a la vida eterna. Asimismo, las Escrituras representan una
guía segura cuando las leemos con la compañía
del Espíritu Santo.
El Espíritu Santo nos permite
expresar nuestro agradecimiento y pedir ayuda en oración con
la misma claridad y confianza que teníamos cuando
estábamos junto a nuestro Padre Celestial y que nuevamente
tendremos una vez que regresemos a Él. Comunicarse
así con Dios sirve para desterrar el miedo de nuestros
corazones a medida que fortalece la fe y el amor por el Padre
Celestial y Jesucristo.
El santo sacerdocio nos da valor cuando
prestamos servicio. En sus ordenanzas recibimos el poder de servir
a los hijos de Dios y de resistir la influencia del mal. Cuando
Él nos llama a servir, tenemos esta promesa: "Y quienes os
reciban, allí estaré yo también, porque
iré delante de vuestra faz. Estaré a vuestra diestra
y a vuestra siniestra, y mi Espíritu estará en
vuestro corazón, y mis ángeles alrededor de vosotros,
para sosteneros" (D. y C. 84:88).
El profeta José Smith
tenía motivos para sentir miedo al prestar servicio, pero
Dios le dio valor con la seguridad que viene de este ejemplo del
Maestro: "...si eres arrojado al abismo; si las bravas olas
conspiran contra ti; si el viento huracanado se hace tu enemigo; si
los cielos se ennegrecen y todos los elementos se combinan para
obstruir la vía; y sobre todo, si las puertas mismas del
infierno se abren de par en par para tragarte, entiende, hijo
mío, que todas estas cosas te servirán de
experiencia, y serán para tu bien. "El Hijo del Hombre ha
descendido debajo de todo ello. ¿Eres tú mayor que
él?" (D. y C. 122:7-8).
Dios nos ha brindado más que
suficiente ayuda para eliminar el miedo y darnos valentía,
sin importar a lo que nos enfrentemos en la vida. Al extender la
mano en busca de Su ayuda, Él puede elevarnos a la vida
eterna que procuramos obtener. ◼
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