Dieter F. Uchtdorf Segundo consejero de la Primera Presidencia
En mis años de crecimiento en Alemania,
asistía a la Iglesia en muchas localidades y circunstancias
diferentes: en humildes habitaciones de la parte de atrás de
una casa, en hermosas mansiones y en capillas funcionales y
modernas. Todos esos edificios tenían un importante factor
común: el Espíritu de Dios estaba presente en ellos y
se sentía el amor del Salvador cuando nos
reuníamos como familia de la rama o del barrio.
En la capilla de Zwickau había un viejo órgano
neumático y todos los domingos se asignaba a uno de los
jóvenes para mover de arriba abajo la dura palanca que
operaba los fuelles a fin de que el órgano funcionara.
Incluso antes de recibir el Sacerdocio Aarónico, de vez en
cuando tuve el gran privilegio de ayudar en aquella importante
tarea.
Mientras la congregación cantaba nuestros hermosos himnos
de la Restauración, yo movía la palanca con todas mis
fuerzas para que no le faltara aire al instrumento. Los ojos de la
organista me indicaban claramente si lo que hacía estaba
bien o si debía aumentar mis esfuerzos en seguida. Siempre
me sentí honrado por la importancia de esa asignación
y por la confianza que la organista depositaba en mí; el
tener aquella responsabilidad y ser parte de esta gran obra me daba
un maravilloso sentimiento de satisfacción.
Había otro beneficio que acompañaba la
asignación: el que operaba los fuelles se sentaba en
un lugar desde donde se veía el vitral que adornaba el
frente de la capilla y que era una representación de la
Primera Visión, con José Smith arrodillado en la
Arboleda Sagrada mirando hacia el cielo a un pilar de luz.
Mientras la congregación cantaba los himnos e incluso
durante los discursos y testimonios de los miembros, muchas veces
contemplaba esa representación de uno de los momentos
más sagrados de la historia del mundo. En mi
imaginación veía a José recibir conocimiento,
testimonio e instrucciones al convertirse en un bendito instrumento
en la mano de nuestro Padre Celestial.
Sentía un espíritu especial cuando contemplaba en
aquella ventana esa bella escena, que tuvo lugar en un bosque
sagrado, de un muchachito creyente que tomó la valerosa
decisión de orar fervientemente a nuestro Padre Celestial,
un Padre que lo escuchó y le respondió con amor.
El testimonio del Espíritu
Ahí estaba yo, un jovencito en la Alemania de posguerra,
viviendo en una ciudad en ruinas, a miles de kilómetros de
Palmyra, Nueva York, en Norteamérica, y más de cien
años después que el acontecimiento había
tenido lugar. Por el poder universal del Espíritu Santo,
sentí en el corazón y en la mente que aquello era
verdad, que José Smith vio a Dios y a Jesucristo, y
escuchó Sus voces. A esa tierna edad, el Espíritu de
Dios confortó mi alma con una certeza de aquel sagrado
momento que dio como resultado el comienzo de un movimiento mundial
destinado a "rodar, hasta que llene toda la tierra" (D. y C. 65:2).
Creí entonces en el testimonio de José Smith de
aquella gloriosa experiencia en la Arboleda Sagrada, y ahora
sé sin duda que es verdad. ¡Dios ha vuelto a hablar a
la humanidad!
Al rememorar aquella época, estoy muy agradecido por los
muchos amigos que me ayudaron en la adolescencia a obtener el
testimonio de la Iglesia restaurada de Jesucristo. Al principio,
tenía una fe sencilla en lo que ellos me atestiguaban;
después recibí el testimonio divino del
Espíritu en la mente y en el corazón. José
Smith se encuentra entre aquellos cuyo testimonio de Cristo me
ayudó a desarrollar el mío del Salvador. Antes de
reconocer la influencia del Espíritu testificándome
que José era un profeta de Dios, mi joven corazón
sintió que era un amigo de Dios y que, por lo tanto,
sería naturalmente mi amigo; sabía que podía
confiar en José Smith.
Las Escrituras nos enseñan que los dones espirituales se
dan a los que piden a Dios, lo aman y guardan Sus mandamientos
(véase D. y C. 46:9).
"...no a todos se da cada uno de los dones; pues hay muchos
dones, y a todo hombre le es dado un don por el Espíritu de
Dios.
"A algunos les dado uno y a otros otro, para que así
todos se beneficien" (D. y C. 46:11-12).
Hoy día sé que el testimonio de mi juventud
recibió gran beneficio del testimonio del profeta
José Smith y de los muchos amigos de la Iglesia que
sabían por "el Espíritu Santo... que Jesucristo es el
Hijo de Dios, y que fue crucificado por los pecados del mundo" (D.
y C. 46:13). Sus buenos ejemplos, su amor incondicional y
sus manos serviciales me bendijeron para que, a medida que
anhelaba más luz y verdad, recibiera otro don especial del
Espíritu que se describe en las Escrituras: "a otros les es
dado creer en las palabras de aquéllos, para que
también tengan vida eterna, si continúan fieles" (D.
y C. 46:14). ¡Qué don maravilloso y preciado es
éste!
El don de la fe
Si somos sinceramente humildes, seremos bendecidos con este don
de fe y esperanza en las cosas que no se ven pero que son
verdaderas (véase Alma 32:21). Si aun cuando sólo
tengamos un deseo de creer, experimentamos con las palabras de las
Escrituras y de los profetas vivientes, y no resistimos al
Espíritu del Señor, nuestra alma se verá
ensanchada y nuestro entendimiento se iluminará
(véase Alma 32:26-28).
El Salvador mismo explicó claramente a todo el mundo ese
principio misericordioso en Su grandiosa oración
intercesora, que pronunció no sólo por Sus
Apóstoles sino por todos los santos, incluso por nosotros
los de la actualidad, dondequiera que vivamos. En ella dijo: "Mas
no ruego solamente por éstos, sino también por los
que han de creer en mí por la palabra
de ellos, "para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en
mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en
nosotros; para que el mundo crea que tú me
enviaste" ( Juan 17:20-21; cursiva agregada).
Así es como la Primera Visión de José Smith
nos bendice personalmente, bendice a las familias y finalmente
a toda la familia humana: llegamos a creer en Jesucristo por el
testimonio del profeta José Smith. A lo largo de la historia
de la humanidad, los profetas y apóstoles han tenido
manifestaciones divinas similares a la que tuvo
José. Moisés vio a Dios cara a cara y
aprendió que él era uno de Sus hijos "a semejanza de
[Su] Unigénito"
(Moisés 1:6). El apóstol Pablo testificó
que Jesucristo resucitado apareció ante él en su
camino a Damasco
(véase Hechos 26:9-23); esa experiencia lo llevó a
convertirse en uno de los grandes misioneros del
Señor. Durante el juicio en Cesarea, al oír el
testimonio de Pablo de su visión celestial, el poderoso rey
Agripa
admitió lo siguiente: "...Por poco me persuades a ser
cristiano" (Hechos 26:28).
Hubo también muchos otros profetas de la antigüedad
que expresaron un potente testimonio de Cristo.
Todas esas manifestaciones, las antiguas y las modernas,
conducen a los creyentes hacia la fuente divina de toda rectitud y
esperanza: a Dios, nuestro Padre Celestial, y a Su Hijo,
Jesucristo.
Dios ha hablado a José Smith con el propósito de
bendecir a todos Sus hijos con Su misericordia y amor, aun en
tiempos de incertidumbre e inseguridad, de guerras y rumores de
guerras, de desastres naturales y personales. El Salvador dice:
"...He aquí, mi brazo de misericordia se extiende hacia
vosotros; y a cualquiera que venga, yo lo recibiré" (3 Nefi
9:14). Y a todos los que acepten esa invitación, los
circundará "la incomparable munificencia de su amor" (Alma
26:15).
Por medio de nuestra fe en el testimonio personal del profeta
José y en la realidad de la Primera Visión, y por el
estudio y la oración profundos y sinceros, seremos
bendecidos con una fe firme en el Salvador del mundo, que
habló a José en "la mañana de un día
hermoso y despejado, a principios de la primavera de 1820" (
José Smith-Historia 1:14).
La fe en Jesucristo y el testimonio de Él y de Su
expiación universal no son sólo una doctrina de gran
valor teológico; esa fe es un don universal y glorioso, para
todas las regiones culturales de esta tierra, sin distinción
de raza, color, idioma, nacionalidad ni circunstancias
socioeconómicas. A fin de entender ese don, se puede emplear
la facultad del razonamiento, pero los que sienten más
profundamente sus efectos son los que están dispuestos a
aceptar sus bendiciones, las cuales se reciben por seguir el
sendero del verdadero arrepentimiento y de la obediencia a los
mandamientos de Dios.
Gratitud por el Profeta
Al recordar y honrar al profeta José Smith, mi
corazón se extiende hacia él con gratitud. Fue un
joven
bueno, honrado, humilde, inteligente y valeroso, con un
corazón de oro y una fe inalterable en Dios; y tenía
integridad. En respuesta a su oración humilde, los cielos se
abrieron nuevamente. José Smith ciertamente
habíavisto una visión; él lo sabía y
sabía que Dios lo sabía, y no podía negarlo
(véaseJosé Smith-Historia 1:25).
Gracias a su obra y a su sacrificio, ahora tengo una verdadera
comprensión de nuestro Padre Celestial y de Su Hijo, nuestro
Redentor y Salvador, Jesucristo; siento el poder del
Espíritu Santo y conozco el plan del Padre Celestial para
nosotros, Sus hijos. En mi opinión, éstos son
realmente los frutos de la Primera Visión.
Estoy agradecido porque a una edad temprana fui bendecido con la
fe sencilla de que José Smith era un profeta de Dios y que
vio en una visión a Dios el Padre y a Su Hijo, Jesucristo.
José Smith tradujo el Libro de Mormón por el don y el
poder de Dios. He recibido una y otra vez la confirmación de
ese testimonio.
Testifico que en verdad Jesucristo vive, que Él es el
Mesías. Tengo un testimonio personal de que Él es el
Salvador y Redentor de toda la humanidad, y éste es un
conocimiento que recibí por la paz y el poder inefable del
Espíritu de Dios, y el deseo de mi corazón y de mi
mente es ser puro y fiel en Su servicio ahora y para siempre.
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