Presidente Dieter F. Uchtdorf Segundo Consejero de la Primera Presidencia
Hoy es el día que el mundo cristiano tradicionalmente
llama Domingo de Ramos. Recordarán que aquel domingo,
aproximadamente dos mil años atrás, Jesucristo
entró en la ciudad de Jerusalén durante la
última semana de su vida terrenal1. Cumplía
así lo que en la antigüedad había profetizado
Zacarías2; entró cabalgando sobre un asno, y, al
hacerlo, una gran multitud salió para recibir al Maestro y
cubrieron Su camino con hojas de palma, ramas en flor e incluso sus
propias vestiduras. A medida que Él se acercaba, ellos
aclamaban: "Bendito el rey que viene en el nombre del
Señor"3 y "¡Hosanna al Hijo de David!"4.
Quizá los discípulos pensaron que aquél era
un momento decisivo: el momento en que la sociedad judía
finalmente reconocería a Jesús como el tan esperado
Mesías. Pero el Salvador entendía que muchos de los
gritos de alabanzas y las aclamaciones serían transitorios.
Él sabía que pronto ascendería al monte de los
Olivos y allí, solo en Getsemaní, tomaría
sobre sí los pecados del mundo.
El evangelio de Jesucristo
Lo adecuado es que durante la semana, desde el Domingo de Ramos
hasta la mañana de la Pascua de Resurrección,
dirijamos nuestros pensamientos hacia Jesucristo, la fuente de luz,
vida y amor. Quizá las multitudes de Jerusalén lo
hayan visto como un gran rey que los salvaría de la
opresión política; pero, en realidad, Él nos
dio mucho más que eso: nos dio Su Evangelio, una perla de
incalculable precio, la gran clave de conocimiento que, si la
comprendemos y usamos, nos abre la puerta hacia una vida de
felicidad, paz y satisfacción.
El Evangelio son las buenas nuevas de Cristo. Es la
revelación de que el Hijo de Dios vino a la tierra,
llevó una vida perfecta, expió nuestros pecados y
conquistó la muerte. Es el sendero de la salvación,
el camino de la esperanza y el gozo y es lo que nos da la seguridad
de que Dios tiene un plan de redención y felicidad para Sus
hijos.
El Evangelio es el camino del discipulado. Podemos experimentar
seguridad y gozo cuando andamos por ese camino, incluso en tiempos
de peligro, tristeza e inseguridad.
El camino del mundo
Vivimos en una época en que muchos se preocupan por su
sustento. Se preocupan por el futuro y dudan de su capacidad para
resolver los desafíos con los que se enfrentan. Muchos han
sufrido adversidades y tristeza en su propia vida; ansían
saber cuál es el significado y el propósito de la
vida.
Debido al gran interés en esos temas, el mundo no titubea
al momento de ofrecer respuestas nuevas para cada problema que
enfrentamos. La gente cambia de una nueva idea a la siguiente con
la esperanza de encontrar algo que dé respuesta a las
apremiantes preguntas de su alma. Asisten a seminarios y compran
libros, discos compactos y otros productos. Se ven envueltos en el
entusiasmo de buscar algo novedoso; pero, inevitablemente, la llama
de cada nueva teoría se apaga y se reemplaza por otra
solución "nueva y mejorada" que promete lograr lo que otras
no lograron antes.
No digo que esas opciones del mundo no tengan elementos de
verdad; muchas las tienen. Sin embargo, ninguna llega a producir el
cambio duradero que buscamos para nuestra vida. Una vez que
el entusiasmo se desvanece, queda el vacío mientras buscamos
la próxima nueva idea para desentrañar los secretos
de la felicidad.
En contraste, el evangelio de Jesucristo tiene las respuestas a
todos nuestros problemas. El Evangelio no es un secreto; no es
complicado ni esconde nada; puede abrir la puerta a la verdadera
felicidad. No es ni la teoría ni la propuesta de nadie. No
proviene de ningún hombre. Brota de las aguas puras y
eternas del Creador del universo, quien conoce verdades que no
podemos empezar a comprender. Y, con ese conocimiento, Él
nos ha dado el Evangelio, un don divino, la fórmula suprema
de la felicidad y del éxito.
¿Cómo llegamos a ser discípulos de
Cristo?
Cuando escuchamos las trascendentales verdades del evangelio de
Jesucristo, la esperanza y la fe comienzan a crecer en nuestro
interior5. Cuanto más llenemos nuestro corazón y
nuestra mente con el mensaje del Cristo resucitado, mayor es
nuestro deseo de seguirlo y vivir Sus enseñanzas.
Esto, a su vez, hace que nuestra fe crezca y permite que la luz
de Cristo ilumine nuestro corazón. Al hacerlo, reconocemos
las imperfecciones de nuestra vida y deseamos ser librados de las
depresivas cargas del pecado, anhelamos ser libres de la culpa y
esto nos motiva a arrepentirnos.
La fe y el arrepentimiento conducen a las aguas purificadoras
del bautismo, donde hacemos convenio de tomar sobre nosotros el
nombre de Cristo y de seguir Sus pasos.
A fin de conservar el deseo de llevar una vida pura y santa,
somos investidos con el bautismo de fuego: el indescriptible don
del Espíritu Santo, un Consolador celestial que nos
acompaña y nos guía si caminamos por el sendero de la
rectitud.
Cuanto más llenos estemos del Espíritu de Dios,
más nos esforzaremos por servir a los demás. Nos
convertimos en pacificadores en nuestro hogar y nuestra familia,
ayudamos a nuestro prójimo en todo lugar y tendemos una mano
por medio de misericordiosos actos de bondad, perdón, gracia
y paciencia sufrida.
Éstos son los primeros pasos del verdadero camino de la
vida y la satisfacción. Éste es el pacífico
camino del discípulo de Cristo.
El sendero de la paciencia
Sin embargo, no es una solución rápida ni es una
cura de la noche a la mañana.
Un amigo me escribió hace poco y me contó que le
estaba costando mucho mantener su testimonio fuerte y vibrante. Me
pidió consejo.
Le contesté y con amor le sugerí algunas cosas
específicas que podía hacer a fin de que su vida
estuviera más en armonía con las enseñanzas
del Evangelio restaurado. Para mi sorpresa,
volví a saber de él, apenas una semana
después. La esencia de su carta era ésta:
"Probé lo que usted me sugirió. No funcionó.
¿Qué más me aconseja?".
Hermanos y hermanas, tenemos que perseverar. No obtenemos la
vida eterna en una carrera corta; ésta es una carrera de
perseverancia. Tenemos que aplicar una y otra vez los principios
divinos del Evangelio.
Día tras día debemos hacerlos parte de nuestra
vida habitual.
Con demasiada frecuencia tomamos el Evangelio como lo
haría un agricultor que pone una semilla en el suelo por la
mañana y espera tener una mazorca de maíz lista para
comer por la tarde. Cuando Alma comparó la palabra de Dios a
una semilla, explicó que la semilla se transforma en un
árbol que da fruto gradualmente, como resultado de nuestra
"fe, y [nuestra] diligencia, y paciencia, y longanimidad"6. Es
cierto que algunas bendiciones llegan en seguida: poco
después de haber plantado la semilla en nuestro
corazón, comienza a hincharse y a brotar y a crecer, y
así sabemos que la semilla es buena. Desde el primer momento
en que emprendemos el camino del discipulado, comenzamos a recibir
bendiciones visibles e invisibles de Dios.
Pero no podemos recibir la plenitud de esas bendiciones "si
[desatendemos] el árbol, y [somos] negligentes en
nutrirlo"7.
El saber que la semilla es buena no basta; debemos "nutr[irla]
con gran cuidado para que eche raíz"8. Sólo entonces
seremos partícipes del fruto que es "más dulce que
todo lo dulce...
y más puro que todo lo puro" y "comer[emos] de este fruto
hasta quedar satisfechos, de modo que no tendr[emos] hambre ni
tendr[emos] sed"9.
El discipulado es una jornada. Necesitamos las lecciones
refinadoras de esa jornada para formar nuestro carácter y
purificar nuestro corazón. Al caminar con paciencia por el
camino del discipulado, nos demostramos a nosotros mismos la
fortaleza de nuestra fe y nuestra disposición de aceptar la
voluntad de Dios en lugar de la nuestra.
No es suficiente hablar de Jesucristo ni proclamar que somos Sus
discípulos. No es suficiente con rodearnos de
símbolos de nuestra religión. Eldiscipulado no
significa ser espectadores.
Del mismo modo que no podemos experimentar los beneficios de la
salud al quedarnos sentados en un sillón mirando deportes en
la televisión y dándoles consejos a los atletas, no
podemos esperar recibir las bendiciones de la fe si nos quedamos
inmóviles fuera del área de juego. Aun así,
algunos prefieren "ser espectadores en el discipulado", o
directamente es la primera opción de adoración que
escogen.
La nuestra no es una religión de segunda mano. No podemos
recibir las bendiciones del Evangelio simplemente por medio de
observar lo que hacen otros. Debemos salir de los laterales y
practicar lo que predicamos.
El camino está abierto para todos
Afortunadamente, el primer paso en el sendero del discipulado
comienza en el mismo lugar en donde nos encontramos. No tenemos que
cumplir con ningún requisito para dar ese primer paso. No
importa si somos ricos o pobres. No se nos exige tener estudios,
ser elocuentes ni intelectuales.
No tenemos que ser perfectos ni hablar bien, ni siquiera tener
buenos modales.
Ustedes y yo podemos emprender hoy el camino del discipulado.
Seamos humildes, oremos al Padre Celestial con todo nuestro
corazón y expresemos nuestro deseo de acercarnos a Él
y aprender de Él.
Tengan fe. Busquen y hallarán; llamen y la puerta se les
abrirá10. Sirvan al Señor por medio del servicio a
los demás. Participen activamente en su barrio o rama.
Fortalezcan a su familia comprometiéndose a vivir los
principios del Evangelio. Sean uno en corazón y voluntad en
su matrimonio y su familia.
Ahora es el momento de cambiar su vida para poder tener una
recomendación para el templo y usarla. Ahora es el momento
de tener noches de hogar significativas, leer la palabra de Dios y
hablar a nuestro Padre Celestial en ferviente oración. Ahora
es el momento de llenar nuestro corazón de gratitud por la
Restauración de Su Iglesia, por los profetas vivientes, el
Libro de Mormón y el poder del sacerdocio que bendice
nuestra vida. Ahora es el momento de adoptar el evangelio de
Jesucristo como modo de vida, convertirnos en Sus discípulos
y seguir Su camino.
Hay personas que creen que, debido a que han cometido errores,
ya no pueden participar plenamente de las bendiciones del
Evangelio. Qué poco entienden los propósitos del
Señor.
Una de las grandes bendiciones de vivir el Evangelio es que nos
refina y nos ayuda a aprender de nuestros errores. Todos "peca[mos]
y est[amos] destituidos de la gloria de Dios"11, y aun así,
la expiación de Jesucristo tiene el poder de devolvernos la
dignidad cuando nos arrepentimos.
Nuestro amado amigo, el élder Joseph B. Wirthlin, nos
enseñó esteprincipio con claridad cuando dijo:
"¡Oh, qué maravilloso es saber que nuestro Padre
Celestial nos ama, a pesar de nuestras debilidades! Su amor es tal
que aun si nosotros nos diésemos por vencidos, Él
jamás lo haría.
"Tal vez nosotros nos veamos en el pasado y el presente...
Nuestro Padre Celestial nos contempla con una perspectiva
eterna...
"El evangelio de Jesucristo es un Evangelio de
transformación; nos toma como hombres y mujeres terrenales y
nos refina en hombres y mujeres para las eternidades"12.
Invito a quienes hayan abandonado el camino del discipulado, por
la razón que sea, a comenzar desde donde estén y
dirigirse al evangelio restaurado de Jesucristo. Caminen en el
sendero del Señor. Testifico que el Señor
bendecirá su vida, los investirá con conocimiento y
gozo que superan
todo entendimiento, y derramará sobre ustedes los dones
divinos del Espíritu. Siempre es el momento correcto para
caminar en Su sendero; nunca es demasiado tarde.
A quienes se sientan inadecuados porque no han sido miembros de
la Iglesia toda la vida, a quienes sientan que nunca podrán
recuperar el tiempo perdido, les testifico que el Señor
necesita sus habilidades, aptitudes y talentos específicos.
La Iglesia los necesita; nosotros los necesitamos. Siempre es el
momento correcto para caminar en Su sendero. Nunca es demasiado
tarde.
Las bendiciones del discipulado
Recordemos en este Domingo de Ramos, durante la época de
la Pascua de Resurrección y siempre, que el evangelio
restaurado de nuestro Señor y Salvador Jesucristo tiene el
poder de llenar cualquier vacío, curar cualquier herida y
tender un puente sobre cualquier valle de tristeza. Es el camino de
la esperanza, la fe y la confianza en el Señor. El Evangelio
de Jesucristo se enseña en su plenitud en La Iglesia de
Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Esta
Iglesia la dirige un profeta viviente, autorizado por el
Señor Jesucristo para brindar dirección y guía
para ayudarnos a afrontar los desafíos de nuestra
época a pesar de lo difícil que sean.
Testifico solemnemente que Jesucristo vive. Él es el
Salvador y el Redentor del mundo; Él es el Mesías
prometido; Él llevó una vida perfecta y expió
nuestros pecados; Él siempre estará a nuestro lado;
Él peleará nuestras batallas; Él es nuestra
esperanza; es nuestra salvación; Él es el camino.
De ello testifico en el nombre de Jesucristo. Amén.
■
NOTAS
1. Véase Mateo 21:6-11.
2. Véase Zacarías 9:9.
3. Lucas 19:38.
4. Mateo 21:9.
5. Véase Romanos 10:17.
6. Alma 32:43.
7. Alma 32:38.
8. Alma 32:37.
9. Alma 32:42.
10. Véase Mateo 7:7.
11. Romanos 3:23.
12. Joseph B. Wirthlin, "El gran mandamiento",
Liahona, noviembre de 2007, págs. 28-31.
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